La tierra para quien la sueña

La tierra para quien la sueña

Agustina tolosa

 Con un movimiento ágil sacude el mantel. Las migas de pan vuelan con fuerza acomodándose entre las bolsas de alimento. Los pollitos corren entre nuestras patas y se ganan el desayuno. Me acomodo de un lado de la mesa circular de plástico y me llega el primer mate dulce. Es media mañana. Agustina recién se levanta del tercer intento de sueño. Su rutina de campo cambió. Los gallos cantan a deshora y las noches bajo las estrellas se le hacen eternas. El cuerpo se le ve cansado, adormecido; sueña de a ratos que esta pesadilla se diluye en el cielo colorido de cada visitante. La cabeza no para de pensar, se enrieda en los supuestos. 

 Me hundo en la silla blanca de plástico, ambos miramos atentos por la puerta como esperando que llegue alguien o algo, mi cuerpo se relaja y pienso, cuánta azúcar. Se escucha un ruido fuerte en el gallinero, el cerdo intenta derribar una chapa, para saborear los excrementos de las aves. Ella se para y sale rezongando. El monte está vivo, en movimiento y regala sus aromas a quien lo contempla. Apenas despierta el día,  los animales la buscan. Formando coros agudos hacen sus llamados para alimentarse, mientras ella intenta descansar para vivir.

 Mi mano aprieta un pedazo de pan, el mate sigue  girando; los palos de la yerba flotan, yo también entro en sueño. Agustina rebota la  yema de sus dedos contra la mesa, marcando un ritmo. Con la mano izquierda sostiene su rostro que apunta al horizonte. Silencio. Recuerdo cómo llegué aquí. La voz del locutor de radio local anunciaba un nuevo desalojo. De un lado, el sueño vital desprotegido. Del otro, los hambrientos sueños de la ambición. Ambos se refriegan en una sutil conversación bélica por todos los medios del Estado.

 Una semana después, mientras íbamos a la despensa a comprar unas milanesas, me preguntó: “¿te gusta caminar conmigo?”.

 El ritmo de sus dedos se detiene y el canto de los pájaros vuelve a ser protagonista. Agustina corre el repasador con fresas rojas estampadas y me convida una vuelta más de pan. Sacude la pava naranja y sirve las últimas gotas de agua tibia sin chorrear. De fondo un cartel grita “la tierra para quien la sueña”. Me pasa el último mate con sonrisa apagada, como quien entrega el alma.

Con un movimiento ágil sacude el mantel. Las migas de pan vuelan con fuerza acomodándose entre las bolsas de alimento. Los pollitos corren entre nuestras patas y se ganan el desayuno. Me acomodo de un lado de la mesa circular de plástico y me llega el primer mate dulce. Es media mañana. Agustina recién se levanta del tercer intento de sueño. Su rutina de campo cambió. Los gallos cantan a deshora y las noches bajo las estrellas se le hacen eternas. El cuerpo se le ve cansado, adormecido; sueña de a ratos que esta pesadilla se diluye en el cielo colorido de cada visitante. La cabeza no para de pensar, se enrieda en los supuestos. 

 Me hundo en la silla blanca de plástico, ambos miramos atentos por la puerta como esperando que llegue alguien o algo, mi cuerpo se relaja y pienso, cuánta azúcar. Se escucha un ruido fuerte en el gallinero, el cerdo intenta derribar una chapa, para saborear los excrementos de las aves. Ella se para y sale rezongando. El monte está vivo, en movimiento y regala sus aromas a quien lo contempla. Apenas despierta el día,  los animales la buscan. Formando coros agudos hacen sus llamados para alimentarse, mientras ella intenta descansar para vivir.

 Mi mano aprieta un pedazo de pan, el mate sigue  girando; los palos de la yerba flotan, yo también entro en sueño. Agustina rebota la  yema de sus dedos contra la mesa, marcando un ritmo. Con la mano izquierda sostiene su rostro que apunta al horizonte. Silencio. Recuerdo cómo llegué aquí. La voz del locutor de radio local anunciaba un nuevo desalojo. De un lado, el sueño vital desprotegido. Del otro, los hambrientos sueños de la ambición. Ambos se refriegan en una sutil conversación bélica por todos los medios del Estado.

 Una semana después, mientras íbamos a la despensa a comprar unas milanesas, me preguntó: “¿te gusta caminar conmigo?”.

 El ritmo de sus dedos se detiene y el canto de los pájaros vuelve a ser protagonista. Agustina corre el repasador con fresas rojas estampadas y me convida una vuelta más de pan. Sacude la pava naranja y sirve las últimas gotas de agua tibia sin chorrear. De fondo un cartel grita “la tierra para quien la sueña”. Me pasa el último mate con sonrisa apagada, como quien entrega el alma.

 Agustina Tolosa vive en el corredor de las sierras chicas en el pueblo de Salsipuedes. Provincia de Córdoba, Argentina. A sus 71 años trabaja en el campo criando animales y sembrando su alimento. Vinculada a su entorno, cuida del monte. Luego de dos procesos judiciales iniciados por la familia Cardoso, la justicia expidió en el año 2021 una sentencia firme de desalojo. Estas tierras le  fueron entregadas hace más 20 años por un intendente local en el marco del programa provincial de registro de poseedores (Tierras Para el Futuro). En el año 2005 toma posesión del lugar pagando los impuestos;  en esas tierras construyó su casa y su vida. 

Salsipuedes. Córdoba, Argentina Septiembre de 2021.

“Las Leyes” Texto escrito por Agustina Tolosa el día 20 de Agosto del 2021.

Comodato firmado por Agustina Tolosa el lunes 13 de Septiembre del 2021. En este el intendente de Salsipuedes Bustos se compromete a cederle tres lotes Municipales y construile una nueva casa en el plazo de tres meses. 

“Yo la Kenga” Texto escrito por Agustina Tolosa un día antes de firmar el comodato. (La kenga es un apodo Quichua, que le puso el padre cuando era niña luego de un viaje a Bolivia). 

ramona

guardiana del monte nativo

cordoba argentina

ramona

guardiana del monte nativo.

cordoba argentina

El canto de los pajaros, junto al sonido de las chapas que aguantan el aguacero, encuentran el ritmo perfecto para comenzar el día. Ramona calienta su té y corta un buen pedazo de cuajada, con dulce de batata. Como ayer, en su pecho, despierta la angustia sembrada por la codicia de los poderosos del agro. La música sigue, gallinas, patos y perros bailan entre sus piernas, sumando acordes. El patio de tierra se transforma en una fiesta de maíces volando, leche de cabra, bizcocho y la pava que suena al fuego. En el poste central que sostiene el techo de lona, se encuentra enrollada la orden de desalojo que le acercó días atrás la jueza del pueblo y la invita por tercera vez a dejar su vida.

 Miembros de la Federación Agraria de Córdoba llevan adelante un litigio contra Ramona: Los hermanos Scaramuzza. Reclaman ser dueños de las tierras que ella habita hace más de 94 años. Libre como las calandrias que le silban al oído desde niña, se para cada mañana a contemplar con movimientos lentos la actividad del monte. De lejos se llega a divisar una nube de polvo; son las cabras que atraviesan el bosque de algarrobo camino al estanque de agua. Ella desde su silla en el patio interno de la casa cuenta de reojo el rebaño y rezonga:  “faltan tres, se habrán quedado en corral”. Esa misma mañana la ciudad amanece nublada, choreando edictos. La pálida disputa entre el tener y el ser se sube al ring del juzgado de Dean Funes, donde a menudo ganan los que tienen, ayudados por los que aún quieren tener más. 

 Los últimos rayos de sol pintan el monte de un naranja suave. El mistol desprende sus frutos que brillan en el piso esperando ser alimento para los animales. La luz pasa entre las lonas que detienen el viento, formando juegos de sombras. Ella con su mano simula una visera y se esfuerza por mirar el horizonte. Resopla con misterio, se incorpora en su silla y dice: “¿Ves cómo sopla el viento? Mañana tenemos lluvia…”. “Eso es bueno, las plantas van a estar contentas”.

 Los ruidos van cambiando y anuncian la noche. Con dificultad se acerca al pequeño altar, contiguo a la casa, donde la espera la estatuilla del Gauchito Gil. Se detiene un momento contemplándola y regresa a la casa. El patio se llena de sapos en búsqueda de humedad. Sobre el techo un enjambre de arañas se va acomodando para recibir el rocio nocturno. Mientras tanto Ramona se sienta y continúa tejiendo una bufanda en silencio. Se escuchan los grillos de fondo, la luna esta tímida y da lugar a la cerrazón. Las estrellas brillan en lo alto y parecen estar tan cerca como las ambiciones de los poderosos que aguardan en la sombra, para desmontar, rociar nuestros suelos de glifosato, correr a la gente de sus tierras y así vaciar de sentido a la vida. 

El canto de los pajaros, junto al sonido de las chapas que aguantan el aguacero, encuentran el ritmo perfecto para comenzar el día. Ramona calienta su té y corta un buen pedazo de cuajada, con dulce de batata. Como ayer, en su pecho, despierta la angustia sembrada por la codicia de los poderosos del agro. La música sigue, gallinas, patos y perros bailan entre sus piernas, sumando acordes. El patio de tierra se transforma en una fiesta de maíces volando, leche de cabra, bizcocho y la pava que suena al fuego. En el poste central que sostiene el techo de lona, se encuentra enrollada la orden de desalojo que le acercó días atrás la jueza del pueblo y la invita por tercera vez a dejar su vida.

 

Miembros de la Federación Agraria de Córdoba llevan adelante un litigio contra Ramona: Los hermanos Scaramuzza. Reclaman ser dueños de las tierras que ella habita hace más de 94 años. Libre como las calandrias que le silban al oído desde niña, se para cada mañana a contemplar con movimientos lentos la actividad del monte. De lejos se llega a divisar una nube de polvo; son las cabras que atraviesan el bosque de algarrobo camino al estanque de agua. Ella desde su silla en el patio interno de la casa cuenta de reojo el rebaño y rezonga:  “faltan tres, se habrán quedado en corral”. Esa misma mañana la ciudad amanece nublada, choreando edictos. La pálida disputa entre el tener y el ser se sube al ring del juzgado de Dean Funes, donde a menudo ganan los que tienen, ayudados por los que aún quieren tener más. 

 

Los últimos rayos de sol pintan el monte de un naranja suave. El mistol desprende sus frutos que brillan en el piso esperando ser alimento para los animales. La luz pasa entre las lonas que detienen el viento, formando juegos de sombras. Ella con su mano simula una visera y se esfuerza por mirar el horizonte. Resopla con misterio, se incorpora en su silla y dice: “¿Ves cómo sopla el viento? Mañana tenemos lluvia…”. “Eso es bueno, las plantas van a estar contentas”.

 

Los ruidos van cambiando y anuncian la noche. Con dificultad se acerca al pequeño altar, contiguo a la casa, donde la espera la estatuilla del Gauchito Gil. Se detiene un momento contemplándola y regresa a la casa. El patio se llena de sapos en búsqueda de humedad. Sobre el techo un enjambre de arañas se va acomodando para recibir el rocio nocturno. Mientras tanto Ramona se sienta y continúa tejiendo una bufanda en silencio. Se escuchan los grillos de fondo, la luna esta tímida y da lugar a la cerrazón. Las estrellas brillan en lo alto y parecen estar tan cerca como las ambiciones de los poderosos que aguardan en la sombra, para desmontar, rociar nuestros suelos de glifosato, correr a la gente de sus tierras y así vaciar de sentido a la vida. 

Amazonía Ecuador

 

Ritual de la Wayusa Upina comunidades Kichwa de Pastaza

Amazonía Ecuatoriana

 

Ritual de la Wayusa Upina comunidades Kichwa de Pastaza

Son las 04:00 am en la localidad de Villa Flora, territorio Kichwa de Pastaza. En la escuela del poblado hombres y mujeres cumplen sus tareas, dando inicio al ritual ancestral. En el ambiente se respira wayusa hervida. El espacio no tiene paredes y está rodeado por una vegetación muy tupida, iluminada por cuatro fogones a leña que invitan a acercarse. La gente se mueve despacio y entre sombras van tomando posición. La hoja milenaria nadando en las aguas va desprendiendo su poder energizante. La infusión se sirve en Pilches (Mates anchos) y luego se reparte en ronda. En este ritual se narran los sueños de la noche anterior, se analizan en conjunto y se toman precauciones para afrontar la jornada.

Entrada la madrugada, la ceremonia continua con la inhalación de Tabaco macerado, a esto le llama la “Singada”. La más antigua de la comunidad, exprime las hojas de esta planta en los orificios nazales de los vecinos, quienes llegado su turno se arrodillan ante ella alzando la cabeza. El tabaco entra por la nariz, los rostros se estremecen y la mandígula se traba, dando inicio a la limpieza física, emocional y energética.

 Entre charlas de política, el amanecer recibe a los hombres con el sónido vibrante del amazonas que no descansa. Nadie levanta la voz, se comparten miedos, revindicaciones, pensamientos, estrategias a seguir. Las mujeres ultiman los detalles para el desayuno, y los niñes ya empiezan a correr entre juegos. Como cierre se realiza la limpieza de Ruda, que consiste en frotar por el cuerpo hojas de esta planta. Con el fín de recibir protección, los cuerpos ardidos comienzan a perderse en la selva iniciando así su jornada laboral.

Villa Flora. Amazonía Ecuatoriana. 2019

 

Son las 04:00 am en la localidad de Villa Flora, territorio Kichwa de Pastaza. En la escuela del poblado, hombres y mujeres cumplen sus tareas, dando inicio al ritual ancestral. En el ambiente se respira wayusa hervida. El espacio no tiene paredes y está rodeado por una vegetación muy tupida, iluminada por cuatro fogones a leña que invitan a acercarse. La gente se mueve despacio y entre sombras van tomando posición. La hoja milenaria nadando en las aguas va desprendiendo su poder energizante. La infusión se sirve en Pilches (Mates anchos) y luego se reparte en ronda. En este ritual se narran los sueños de la noche anterior, se analizan en conjunto y se toman precauciones para afrontar la jornada.

Entrada la madrugada, la ceremonia continua con la inhalación de Tabaco macerado, a esto le llama la “Singada”. La más antigua de la comunidad, exprime las hojas de esta planta en los orificios nazales de los vecinos, quienes llegado su turno se arrodillan ante ella alzando la cabeza. El tabaco entra por la nariz, los rostros se estremecen y la mandígula se traba, dando inicio a la limpieza física, emocional y energética.

 Entre charlas de política, el amanecer recibe a los hombres con el sónido vibrante del amazonas que no descansa. Nadie levanta la voz, se comparten miedos, reivindicaciones, pensamientos, estrategias a seguir. Las mujeres ultiman los detalles para el desayuno, y los niñes ya empiezan a correr entre juegos. Como cierre se realiza la limpieza de Ruda, que consiste en frotar por el cuerpo hojas de esta planta. Con el fín de recibir protección, los cuerpos ardidos comienzan a perderse en la selva iniciando así su jornada laboral.

Villa Flora. Amazonía Ecuatoriana. 2019

 

Santuario Trans

Santuario Risaralda, Eje Cafetero Colombia. Julio 2019

Santuario Trans

 

Desde una historia de amor me sumerjo en el mundo de las trabajadoras trans en el eje cafetero Colombiano.

Este trabajo se desarrolla en una plantación de Café en Colombia y aborda de forma intima la historia de amor de dos trabajadoras trans. En el corazón del eje cafetero, se encuentra el pueblo Santuario, conocido por su historial conservador y por la calidad de sus frutos. Hace unos años debido a la baja del precio internacional del producto, la mano de obra calificada migró hacia otras regiones y los comerciantes se encontraron con escasez de trabajadores.

En este contexto, los desplazados del conflicto interno colombiano y las niñas trans, corridas de sus comunidades indigenas por su decisión sexual, son el blanco ideal para las redes precarizadas de empleo golondrina y llegan al lugar en busca de trabajo, techo y comida. La violencia duele al país desde hace décadas, por lo cual la desconfianza se siente entre sus pobladores y ante el periodismo la respuesta suele ser negativa y tajante quedando muchas historias invisibilizadas.

Este trabajo pudo sortear esos obstáculos para sumergirse en el cotidiano, poniendo el acento en el coraje de estas jovenes trabajadoras que se animan, contra todo pronóstico a perseguir un sueño de libertad, desafíando a una sociedad injusta que las necesita calladas y productivas a bajo costo.

Santuario Risaralda, Eje Cafetero Colombia. Julio 2019

Este trabajo se desarrolla en una plantación de Café en Colombia y aborda de forma intima la historia de amor de dos trabajadoras trans. En el corazón del eje cafetero, se encuentra el pueblo Santuario, conocido por su historial conservador y por la calidad de sus frutos. Hace unos años debido a la baja del precio internacional del producto, la mano de obra calificada migró hacia otras regiones y los comerciantes se encontraron con escasez de trabajadores.

En este contexto, los desplazados del conflicto interno colombiano y las niñas trans, corridas de sus comunidades indigenas por su decisión sexual, son el blanco ideal para las redes precarizadas de empleo golondrina y llegan al lugar en busca de trabajo, techo y comida. La violencia duele al país desde hace décadas, por lo cual la desconfianza se siente entre sus pobladores y ante el periodismo la respuesta suele ser negativa y tajante quedando muchas historias invisibilizadas.

Este trabajo pudo sortear esos obstáculos para sumergirse en el cotidiano, poniendo el acento en el coraje de estas jovenes trabajadoras que se animan, contra todo pronóstico a perseguir un sueño de libertad, desafíando a una sociedad injusta que las necesita calladas y productivas a bajo costo.

Santuario Risaralda, Eje Cafetero Colombia. Julio 2019

Florentín

 

Historia de vida de Estaban Florentín. Personaje popular del barrio de La Boca, Buenos Aires. Argentina.

Rozando su adolescencia decidió dejar atrás su pueblo natal en la provincia de Corrientes. Resguardando consejos en el interior de su certeza prematura, se lanzó a perseguir sus sueños adentrándose en un nuevo mundo que lo esperaba ansioso en Buenos Aires.
Esteban Florentín, más conocido como Hormiga Roja, vive en Jose C. Paz. A sus 71 años se traslada a diario al barrio de La Boca, donde en contacto con los turistas, además de ganarse la vida envuelto en sus telas rojas, grita al mundo sus verdades.

Jose C. Paz- La Boca, Buenos Aires- Argentina.  2015

Haití

Ensayo fotográfico, posterior al terromoto que sacudió a la isla. 2010.

El 21 de Mayo del 2010 entré por tierra desde la República Dominicana a Haití. En el trayecto hacia su capital, apostados al costado de la ruta, los asentamientos de lona daban vida a las escalofriantes cifras de damnificados que, día a día, aumentaban en ceros.

A cuatro meses del terremoto, Puerto Príncipe me recibió envuelta en un manto de desconcierto. Familias enteras durmiendo a la intemperie, formando por las noches una sola cadena de abrazos que concluían con las últimas pertenencias que habían podido rescatar. Los niños perdidos deambulaban sobre montañas de escombros que inundaban las esquinas con olores inolvidables.

La catástrofe del 12 de enero del 2010 se cobró más de 300.000 mil víctimas fatales en la capital más pobre del hemisferio.

Como respuesta, Estados Unidos envió 12 mil marines armados hasta los dientes, que ocuparon durante los primeros días todos los puntos claves de control. Reforzando así a las tropas de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas para Haití (MINUSTAH), que desde el 2004 intervienen militarmente el país. Más conocidos como Cascos Azules y con un total de 12.294 efectivos, esta Misión coordinada por la ONU, se suma con sus prácticas a la larga lista de atropellos contra los derechos humanos que sufre el pueblo caribeño.

Al poco tiempo salí de Puerto Príncipe. Moviéndome por las comunidades campesinas pude conocer otra realidad. El campesinado representa el 60% de la población total del país que asciende a unos 10 millones de habitantes. Teniendo en cuenta este porcentaje, y su capacidad elevada de producción en condiciones adversas, este segmento de la sociedad, sin intervención económica, sería una clara esperanza de desarrollo productivo sostenido en Haití.

Haití 2010.

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